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Frases de Alejandro Dumas

Frases de Alejandro Dumas

Escritor francés, dramaturgo, conocido y respetado en los países hispanohablantes, autor de obras destacadas como lo es "El conde de Montecristo", "Los dramas del Mar", o la emblemática "El Hombre de la Mascara de Hierro". Reconocido en vida y todavía recordado por excelente calidad literaria y su pasión por los dramas históricos.

La vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta.
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Para toda clase de males hay dos remedios; el tiempo y el silencio.
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La mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma, no deja dormir.
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Creemos, sobretodo porque es más fácil creer que dudar, y además porque la fe es la hermana de la esperanza y de la caridad.
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Cuando el amor desenfrenado entra en el corazón, va royendo todos los demás sentimientos; vive a expensas del honor, de la fe y de la palabra dada.
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¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.
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No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.
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Hay dos miradas: La mirada del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre.
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Si dais la impresión de necesitar cualquier cosa no os darán nada; para hacer fortuna es preciso aparentar ser rico.
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La vida es fascinante: sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas.
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Las madres perdonan siempre: han venido al mundo para eso.
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El infortunio es necesario también para descubrir ciertas minas misteriosas ocultas en la inteligencia humana.
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Hay mujeres que quieren tanto a sus maridos que, para no usarlos, toman el de sus amigas.
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El orgullo de quienes no pueden edificar es destruir.
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En amor, quien duda acusa.
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Todo cabe en lo breve. Pequeño es el niño y encierra al hombre; estrecho es el cerebro y cobija el pensamiento; no es el ojo más que un punto y abarca leguas.
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El bien es lento porque va cuesta arriba. El mal es rápido porque va cuesta abajo.
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Los amigos que perdemos no reposan en la tierra, están sepultados en nuestro corazón.
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Es deber aquello que exigimos de los demás.
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El hombre nace sin dientes, sin cabello y sin ilusiones. Y muere lo mismo: sin dientes, sin cabellos y sin ilusiones.
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En política, querido mío, y vos lo sabéis tan bien como yo, no hay hombres, sino ideas; no sentimientos, sino intereses; en política no se mata a un hombre, sino se allana un obstáculo.
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No hay ventura ni desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado con otro, he ahí todo. Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena y hermosa es la vida.
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¡Aquel tiempo feliz en que éramos tan desgraciados!
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