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Frases de Friedrich Hegel

Frases de Friedrich Hegel

Filósofo alemán. De obra basta e influyente, apoyo la Revolución Francesa con mucha convicción hasta caer en el periodo del terror jacobino. Su doctrina se enmarca dentro del idealismo filosófico y los mecanismo de la dialéctica. En su obra concibe la posibilidad de un mundo maleable por la mano del hombre y las transformación propias de la teoría de la evolución darwinianas.

Nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión.
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¡Bienvenido sea el dolor si es causa de arrepentimento!
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Ser independiente de la opinión pública es la primera condición formal para lograr algo grande.
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El pueblo es aquella parte del Estado que no sabe lo que quiere.
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El filósofo, debe hacer filosofía cuando ya la vida ha pasado.
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Todo lo racional es real; y todo lo real es racional.
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La historia es el progreso de la conciencia de la libertad.
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Tened el valor de equivocaros.
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La belleza se define como la manifestación sensible de la idea.
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Los hombres no son sino los instrumentos del genio del universo.
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Ten el valor de equivocarte.
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Pensar y amar son cosas distintas. El pensamiento en sí mismo es inaccesible al amor; engendra el amor y lo gobierna, pero no es el amor.
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Un Estado estará bien constituido y será fuerte en sí mismo cuando el interés privado de los ciudadanos esté unido a su fin general y el uno encuentre en el otro su satisfacción y realización.
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El amor en la mujer está siempre mezclado con una admiración involuntaria, y cesa cuando cree convencerse de que el hombre le es inferior.
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Las verdaderas tragedias no resultan del enfrentamiento entre un derecho y una injusticia. Surgen del choque entre dos derechos.
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Si alguien quisiera calificar de este o aquel modo a una persona que sólo obra según su sentimiento, esta persona tendría el derecho de devolverle aquel calificativo, y ambos tendrían razón, desde sus puntos de vista, para injuriarse.
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Cien años de injusticia no hacen derecho
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Producirse, hacerse objeto de sí mismo, saber de sí, es la tarea del espíritu.
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El hombre que no es capaz de luchar por la libertad, no es un hombre, es un siervo
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La vida es lucha y sufrimiento, pero la grandeza y la fuerza sólo se miden por la fuerza y la grandeza de la oposición.
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El rejuvenecimiento del espíritu no es un simple retorno a la misma figura; es una purificación y elaboración de sí mismo.
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Nada es; todo deviene.
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El hombre es lo que debe ser, mediante la educación, mediante la disciplina.
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En la actualidad todo individuo se encuentra ligado a un interés... Se encuentra incorporado a una determinada patria, a a u una determinada religión, a un determinado círculo de saber y de representaciones sobre lo que es recto y moral. Solo le le queda libertad de elegir dentro de ellas los círculos particulares a los cuales quiere adherir.
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Aquel para quien el pensamiento no sea lo único verdadero, lo supremo, no puede juzgar en absoluto el modo filosófico.
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El que vence al furor vence a los enemigos
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El arte, la religión y la filosofía sólo difieren por la forma; su objeto es el mismo.
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El drama no es elegir entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien
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La lectura del periódico es la oración matinal del hombre moderno
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La libertad es la necesidad comprendida
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La filosofía viene siempre demasiado tarde. En tanto que el pensamiento del mundo, sólo aparece cuando la realidad ha cumplido y terminado su proceso de formación.
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La historia no es el lugar de la felicidad. Los periodos de felicidad son páginas blancas.
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Un pueblo que considera a la naturaleza como su dios, no puede ser un pueblo libre.
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La realidad es irracional.
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El Estado es la realización de una idea moral.
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La historia es el esfuerzo del espíritu para conseguir la libertad.
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El hombre vale porque es hombre, no porque es judío, católico, representante, alemán, italiano, etc.
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Explicar la historia es tanto como descubrir las pasiones de los hombres, su genio, sus fuerzas operantes; y a esa seguridad de la providencia suele llamársela su plan.
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Pues en la razón está lo divino.
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El espíritu, por el contrario, consiste justamente en tener el centro en sí.
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Con la existencia surge la particularidad.
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La filosofía es el mundo al revés.
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La fe no es apta para desarrollar el contenido.
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El hombre piensa, aun cuando no tenga conciencia de ello.
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Hay que refugiarse en la filosofía si se quiere conocer a Dios.
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El espíritu, por el contrario, reside en sí mismo; y esto justamente es la libertad.
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Coloca lo ideal, el pensamiento, entre la violencia del impulso y su satisfacción.
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El terreno del espíritu lo abarca todo; encierra cuanto ha interesado e interesa todavía al hombre.
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Cabe soñar de sí mismo muchas cosas que no son sino representaciones exageradas del propio valor.
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El sentimiento es la forma inferior que un contenido puede tener; en ella existe lo menos posible.
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Considérese como cosa decidida que son distintos la fe y el saber y que, por tanto, no sabemos nada de Dios.
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Entre otras cosas, no debemos dejarnos seducir por los historiadores de oficio.
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En realidad, el hombre tiene religión porque no es un animal, sino un ser pensante.
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Dios es el ser eterno en sí por sí; y lo que en sí y por sí es universal es objeto del pensamiento, no del sentimiento.
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La historia debe considerarse con el intelecto; la causa y el efecto deben hacérsenos concebibles.
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En el cristianismo es doctrina capital que la Providencia ha regido y rige el mundo; que cuanto sucede en el mundo está determinado por el gobierno divino y es conforme éste.
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La idea universal es, por tanto, plenitud sustancial por un lado y abstracción del libre albedrío por otro.
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Este interés objetivo, que actúa sobre nosotros, tanto por virtud del fin universal como del individuo que lo representa, es lo que hace atractiva la historia.
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La independencia del hombre consiste en esto: en que sabe lo que lo determina.
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Lo supremo para el espíritu es saberse, llegar no sólo a la intuición, sino al pensamiento de sí mismo.
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Hemos de contemplar la historia universal según su fin último. Este fin último es aquello que es querido en el mundo. Sabemos que Dios es lo más perfecto. Por tanto, Dios sólo puede quererse a sí mismo, y a lo que es igual a sí. Dios y la naturaleza de su voluntad son una misma cosa; y ésta es la que filosóficamente llamamos la idea.
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La existencia del espíritu consiste en tenerse a sí mismo por objeto.
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La filosofía de la historia no es otra cosa que la consideración pensante de la historia; y nosotros no podemos dejar de pensar, en ningún momento. El hombre es un ser pensante; en esto se distingue del animal.
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La filosofía, segura de que la razón rige el mundo, estará convencida de que lo sucedido se somete al concepto y no trastocará la verdad, como es hoy de moda.
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La idea es primeramente algo interno e inactivo, algo irreal, pensado, representado; es lo interno en el pueblo.
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La razón aprehendida es su determinación, es la cosa. Lo demás - sí permanecemos en la razón en general- son meras palabras.
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La sustancia del espíritu es la libertad. Su fin en el proceso histórico queda indicado con esto: es la libertad del sujeto; es que éste tenga su conciencia moral y su moralidad, que se proponga fines universales y los haga valer; que el sujeto tenga un valor infinito y llegue a la conciencia de este extremo. Este fin sustantivo del espíritu universal se alcanza mediante la libertad de cada uno.
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La razón ha determinado las grandes revoluciones de la historia, es el punto de partida necesario de la filosofía en general y de la filosofía de la historia universal.
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Las leyes y los principios no viven ni prevalecen inmediatamente por sí mismos. La actividad que los pone por obra y les da existencia son las necesidades y los impulsos del hombre, como asimismo sus inclinaciones y pasiones.
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La llama consume el aire y es alimentada por la leña. El aire es la única condición para el crecimiento de los árboles. La leña, cooperando a consumir el aire, mediante el fuego, lucha contra sí misma y contra su propia fuente; y, sin embargo, el oxígeno del aire subsiste y los árboles no cesan de reverdecer.
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Lo que generalmente se llama realidad es considerado por la filosofía como cosa corrupta, que puede aparecer como real, pero que no es real en sí y por sí.
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Lo que el hombre es realmente, tiene que serlo idealmente.
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La historia sólo debe recoger puramente lo que es, lo que ha sido, los acontecimientos y actos.
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Lo que la experiencia y la historia enseñan es que los pueblos y los gobiernos jamás han aprendido algo de la historia ni han actuado según las lecciones que hubieran tenido que sacarse de ella.
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Lo verdadero es algo en sí universal, esencial, sustancial; y lo que es así, sólo existe en y para el pensamiento. Pero lo espiritual, lo que llamamos Dios, es precisamente la verdad verdaderamente sustancial y en sí esencialmente individual, subjetiva.
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Pero el hombre no es independiente, porque el movimiento comience en él, sino porque puede inhibir el movimiento. Rompe, pues, su propia espontaneidad y naturalidad.
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Sólo tengo interés por algo, mientras este algo permanece oculto para mí, o es necesario para un fin mío, que no se halla cumplido todavía.
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También podríamos recluirnos en el egoísmo, que permanece en la playa tranquila, y contemplar seguros el lejano espectáculo de las confusas ruinas.
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Pero la filosofía nos enseña que todas las propiedades del espíritu existen sólo mediante la libertad, que todas son simples medios para la libertad, que todas buscan y producen la libertad.
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En primer término hemos de observar que nuestro objeto la historia universal, se desenvuelve en el terreno del espíritu. El mundo comprende en sí la naturaleza física y la psíquica.
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Pensar y amar son cosas distintas. El pensamiento en sí mismo es inaccesible al amor.
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Lo primero que el espíritu sabe de sí. En su forma de individuo, es que siente. Aquí todavía no hay ninguna objetividad. Nos encontramos determinados de este y de aquel modo.
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Los hombres de más talento son aquellos que conocen el espíritu del pueblo y saben dirigirse por él.
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En la historia caminamos entre las ruinas de lo egregio. La historia nos arranca a lo más noble y más hermoso, por que nos interesamos. Las pasiones lo han hecho sucumbir. Es perecedero. Todo parece pasar y nada permanecer. Todo viajero ha sentido esta melancolía.
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Si afirmamos que Dios es desconocido, no somos ya cristianos.
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Lo que sólo es en sí, constituye una posibilidad, una potencia; pero no ha pasado todavía de la interioridad a la existencia.
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Los mismos afanes y esfuerzos se producen en una pequeña ciudad que en el gran teatro del mundo.
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El punto de la finitud consiste en la actividad individual que da existencia a lo universal, realizando sus determinaciones.
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Constituye una dificultad para la filosofía el hecho de que la mayoría piense que la autoconciecia no contiene más que la existencia particular empírica del individuo.
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La conciencia de la libertad sólo ha surgido entre los griegos y por eso los griegos han sido libres. Pero lo mismo ellos que los romanos sólo supieron que algunos son libres, mas no que lo que es el hombre como tal. Platón y Aristóteles no supieron esto.
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Lo concreto, los caminos de la providencia son los medios, los fenómenos en la historia, los cuales están patentes ante nosotros; y debemos referirlos a aquel principio universal.
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El valor de los individuos descansa, pues, en que sean conformes al espíritu del pueblo, en que sean representantes de este espírutu del pueblo, en que sean representantes de este espíritu, pertenezcan a una clase, en los negocios del conjunto.
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La caducidad puede conmovernos; pero se nos muestra, si miramos más profundamente, como algo necesario en la idea superior del espíritu.
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China y la India se hallan todavía, por decirlo así, fuera de la historia universal; son la suposición de los momentos cuya conjunción determina el progreso viviente de la historia universal.
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China tiene de peculiar el haberse desarrollado dentro de sí misma.
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Lo que se tiene en el sentimiento es completamente subjetivo, y sólo existe de un modo subjetivo. El que dice: yo siento así, se ha encerrado en sí mismo.
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