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Frases de Henry James

Frases de Henry James

Escritor y literario estadounidense, reconocido por ser quién trajo todas las novedades europeas al foro de pensadores norteamericanos. Hermano del renombrado psicólogo William James, juntos son referentes de los intelectuales americanos.

Hay tres cosas importantes en la vida: ser amable, ser amable y ser amable.
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El hombre es la suma de sus fantasías
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Amor mío, no sé cómo decirte que la vida se ofrece ahora ante nosotros como una interminable tarde de estío, una de estas tardes de Italia, con esa especie de flotante neblina dorada y las sombras que comienzan a invadirlo todo con la divina delicadeza del aire y del paisaje que tanto he amado toda mi vida, y que ahora tú comienzas a amar igualmente.
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Confíe en mí como si estuviera a mi cargo. ¿Por qué no vamos a ser felices... Cuando la felicidad está aquí ante nosotros y es tan fácil alcanzarla? Yo soy suyo para siempre... Para siempre, por toda la eternidad.
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De nada soy capaz respecto a usted, salvo de estar endemoniadamente enamorado. Y cuanto más fuerte es uno, con más fuerza quiere.
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Y acuérdate siempre de que, si bien te han odiado... También has sido muy amada...
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Todo es dulce y suave... Y tiene el color de las cosas de Italia.
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Los idiomas no son nada. Me refiero al espíritu... Al genio.
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Ella tenía una manera de considerar la vida que a él le parecía una ofensa personal.
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Vivir como él estaba viviendo era tanto como leer un buen libro en una mala traducción.
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La vida es mejor porque en ella existe el amor. La muerte es buena, pero en ella no existe amor.
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Yo daría mi dedo meñique por ir al Japón, uno de los pocos países que quisiera de verdad conocer.
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¿Acaso no recuerda lo que yo mismo le he dicho, que uno debe hacer de su propia vida una obra de arte?
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Su serenidad no era más que el adorno proporcionado por unas flores silvestres en las ruinas de sí mismo.
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Probablemente saboreó una sensación tan compleja que rebasaba con mucho los límites de la cordura.
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El buen humor es sin duda una cosa excelente -dijo-, pero tú tienes demasiado y no parece que te haya servido de mucho.
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Es una criatura muy interesante y muy distinta de lo que parece. No ha tenido nunca una oportunidad, pero es muy brillante.
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Usted se figura que soy un frívolo, lo estoy viendo en la expresión de su cara... tiene usted un rostro maravillosamente expresivo.
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¿Qué entiendes tú por ser rico? A mí me parece que es rico el que cuenta con los medios para satisfacer las exigencias de su imaginación.
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Un carruaje bien rápido, rodando a distancia en la noche oscura y tirado por cuatro briosos caballos por caminos invisibles, ésa es mi idea de la felicidad.
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Tú querías contemplar la vida por ti misma... Y no se te ha permitido... Se te ha castigado por haberlo querido. Te redujeron a simple polvo en el molino de lo convencional.
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El lugar, con su cielo gris y sus hojas amarillentas, semejaba un teatro después de una representación, con los programas arrugados y tirados por el suelo.
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Tenemos lo que queremos, además de tenernos el uno al otro. Tenemos la capacidad de saber admirar, amén de muchas otras importantes convicciones.
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A ti te gusta mucho hacer lo que se te antoja. -Confieso que sí. Pero me gusta saber siempre las cosas que una no debe hacer. - ¿Para hacerlas? -preguntó su tía. -Depende -respondió Isabel.
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La dominaba una gran ansia de saber, pero prefería a lo impreso cualquiera otra fuente de información directa, y era tal su curiosidad por las cosas de la vida que de todo se admiraba y todo la emocionaba.
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La vida había echado hondas raíces en ella y, por lo mismo, su goce más intenso consistía en sentir dentro de sí la continuidad entre las agitaciones de su propia alma y las del mundo externo.
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Yo soy un excelente comprador, sé comprar muy bien, no hay duda, pero no puedo vender; tendría usted que verlo cuando quiero deshacerme de alguna de mis cosas. Se precisa mucha más habilidad para hacer comprar a los demás que para comprar uno mismo.
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Proferí entonces una exclamación de alegría y lo estreché con más fuerza contra mi cuerpo, donde pude sentir, en la fiebre repentina que hizo presa de su cuerpo, los acelerados latidos de un pequeño corazón.
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Lo cogí, sí, y es fácil imaginar con qué pasión; pero al cabo de un minuto comencé a darme cuenta de lo que en realidad tenía entre mis brazos. Estábamos solos, el día era apacible, y su pequeño corazón, desposeído, había dejado de latir.
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No vale la pena especular sobre ello, ya que el alivio aunque fue sólo un alivio comparable al que un latigazo produce en medio de una gran tensión o un relámpago a mitad de un día sofocante vino con el último cambio y se produjo con gran precipitación.
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Estuvo allí algún tiempo paseando mientras contemplaba el espléndido fulgor del cielo de poniente y se decía, como en otras muchas ocasiones, que estaba en el país de los atardeceres. Había algo en aquellos radiantes abismos de fuego que le desataba la imaginación; siempre descubría imágenes y promesas en aquel cielo.
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La verdad que más patente surgía ante sus ojos era la de que su vida había sido muy dichosa, de que ella era una persona verdaderamente afortunada. Había disfrutado lo mejor de todo y, en un mundo en que tantos individuos se desenvuelven en circunstancias nada envidiables, constituía una ventaja el no haber padecido nada desagradable.
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Ver en acción a un carácter como ése -se decía-, a una pequeña pero auténtica y apasionada fuerza, es una de las más sabrosas delicias de la naturaleza, mejor que la más bella obra de arte, mejor que un bajorrelieve helénico, mejor que un cuadro de Ticiano, mejor que una catedral gótica.
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No es un hombre importante... Desde luego, no lo es. Al contrario, es una persona a quien la importancia le tiene soberanamente sin cuidado. Si eso es lo qué quieres expresar cuando dices dé él qué es poca cosa, entonces, de acuerdo, es todo lo poca cosa qué te parezca. Yo, en cambio, llamo a eso grandeza... Y no conozco nada de mayor grandeza.
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