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Frases de Joseph Joubert

Frases de Joseph Joubert

Moralista y ensayista francés recordado por su obra suprema "Pensamientos". Colaboró en los inicios de la Revolución, pero viendo los excesos que se comenzaban a manifestar perdió toda ilusión por el ideal revolucionario. En tiempos de Napoleón fue nombrado como Inspector General de la Universidad.

La razón puede advertirnos sobre lo que conviene evitar; sólo el corazón nos dice lo que es preciso hacer.
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No hay que elegir por esposa sino a la mujer que uno elegiría por amigo si fuera hombre.
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Lo que sorprende, sorprende una vez, pero lo que es admirable lo es más cuanto más se admira.
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El motivo no existe siempre para ser alcanzado, sino para servir de punto de mira.
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El objeto de toda discusión no debe ser el triunfo, sino el progreso.
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La abeja y la avispa liban las mismas flores; pero no logran la misma miel.
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Un hombre sin defectos es un tonto o un hipócrita del que debemos desconfiar.
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El que tiene imaginación sin instrucción tiene alas sin pies.
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La memoria es el espejo donde vemos a los ausentes.
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A veces los pensamientos nos consuelan de las cosas, y los libros de las personas.
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El genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las acaba.
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Enseñar es aprender dos veces.
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La mediocridad es lo excelente para los mediocres.
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El error se agita, la verdad descansa.
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Unos gustan decir lo que saben; otros lo que piensan.
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La ternura es el reposo de la pasión.
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El placer no es sino la felicidad de una parte del cuerpo.
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Como la dicha de un pueblo depende de ser bien gobernado, la elección de sus gobernantes pide una reflexión profunda.
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El dinero es un estiércol estupendo como abono, lo malo es que muchos lo toman por la cosecha.
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Muchos van hacia la verdad por los caminos de la poesía. Yo llego a la poesía, por los caminos de la verdad.
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Es preciso considerar el pasado con respeto y el presente con desconfianza si se pretende asegurar el porvenir.
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Es mejor debatir una cuestión sin resolverla, que resolver una cuestión sin debatirla.
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Los poetas tienen cien veces mejor sentido que los filósofos. Buscando la belleza encuentran más verdad que ellos.
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Cuando se ama es el corazón quien juzga.
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El alma es una materia luminosa que quema sin consumir; nuestro cuerpo es el fanal.
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Buscando las palabras se encuentran las ideas.
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Las mejores leyes nacen de las costumbres.
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Los niños necesitan más de modelos que de críticos.
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Solamente el hombre religioso es siempre el mismo. Porque su Dios no cambia.
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Libertad moral es la única libertad verdaderamente importante.
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La imaginación es el ojo del alma.
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Es imposible volvernos instruidos si sólo leemos lo que nos gusta.
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Yo llamo imaginación a la facultad de volver sensible todo lo que es intelectual; de hacer corpóreo lo que es espíritu; en una palabra, de sacar a la luz lo que en sí mismo es invisible, sin desnaturalizarlo.
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Aquel que tiene imaginación, pero carece de conocimientos, tiene alas, pero no tiene pies.
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Si se habla de naturalidad puede decirse que existe la naturalidad vulgar y la naturalidad exquisita. La naturalidad no siempre es la expresión más usada. La naturalidad es lo que está conforme a la esencia. La costumbre no es natural, y lo mejor no es aquello que se presenta como lo primero, sino lo que debe quedar siempre.
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Con el genio se inician las grandes obras, pero sólo con el trabajo se les acaban.
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El teatro debe divertir, noblemente, pero nada más que divertir. Pretender hacer de él una escuela de moral es corromper a la vez la moral y el arte.
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Dios hizo la vida para vivirla y no para conocerla
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Aquellos que nunca se retractan de sus opiniones se aman a ellos mismos más que a la verdad.
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No hay peor cosa en el mundo que una obra mediocre que aparenta ser excelente.
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En literatura, y en los juicios establecidos sobre los autores, encontramos, como en todo, más opiniones convenidas y cosas decididas que verdades.
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Gastamos en nuestras pasiones el doble del tejido que se nos ha dado para arropar nuestra felicidad
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Las revoluciones son tiempos en que el pobre no está seguro de su honradez, ni el rico de su fortuna, ni el inocente de su vida.
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En literatura, nada vuelve tan imprudente y tan atrevido al intelecto como la ignorancia de los tiempos pasados y el desprecio por los libros antiguos.
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Es sobre todo en la espiritualidad de las ideas donde se halla la poesía.
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Los que no se retractan nunca se aman más a sí mismos que a la verdad
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Las buenas poesías épicas, dramáticas, líricas, no son otra cosa que los sueños de un hombre despierto.
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En los trabajos del intelecto el cansancio previene al hombre de la esterilidad del momento.
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La Historia debe ser sobre todo la pintura de un tiempo, el retrato de una época. Cuando ésta se limita a ser el retrato de un hombre o la pintura de una vida, sólo a medias es Historia.
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Las mujeres creen inocente todo cuando pretenden.
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La cortesía es la flor de la humanidad. El que no es bastante cortés, no es suficientemente humano.
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Como la poesía es, a veces, incluso más filosófica que la filosofía, la metafísica es, por su naturaleza, incluso más poética que la poesía.
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La superstición es la única religión de que son capaces los espíritus degenerados
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No hay que escoger por esposa más que a la mujer que se elegiría por amigo si fuese un hombre
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La ternura es la pasión del reposo
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No debemos lamentar nunca el tiempo que hemos empleado en proceder bien
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Evita comprar un libro cerrado.
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Las obras de los antiguos, incluso las mediocres, son todas marcas de un buen sello.
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No es necesario que haya amor en un libro para que nos encante, pero sí es necesario que haya mucha ternura.
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Hay que entrar en las ideas de los otros si se quiere sacar provecho de las conversaciones y de los libros.
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A los antiguos hay que leerlos despacio; necesitamos mucha paciencia, es decir, mucha atención para obtener placer cuando recorremos esas obras.
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Tres condiciones son necesarias para hacer un buen libro: el talento, el arte y el oficio. Es decir: la naturaleza, la factura y la costumbre.
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Hallamos en los libros no solamente lo que aumenta nuestras pasiones, sino también lo que aumenta nuestras opiniones.
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En metafísica, imaginar bien es ver bien; incluso en física, si no se imagina sólo se ve a medias; quien no sabe imaginar, no muestra nada con claridad y nada da a conocer. La esencia y el ser de la materia misma son por entero intelectuales.
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Cuando uno escribe debe decir sólo lo que aquellos a quienes uno se dirige quieren saber. No es a la satisfacción del propio espíritu a lo que uno debe aspirar en esta correspondencia, sino a la satisfacción del espíritu del otro.
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El verdadero poeta tiene palabras que muestran sus pensamientos, pensamientos que dejan ver su alma, y un alma en la que todo se pinta de manera distinta. Su espíritu está colmado de imágenes muy claras, mientras que el nuestro sólo está lleno de señales confusas.
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Hay dos maneras de ser sublimes: a través de las ideas o a través de los sentimientos. En el segundo caso, poseemos palabras de fuego que penetran y que arrastran. En el primero, sólo poseemos palabras de luz que calientan poco, pero que cautivan. La extrema sutileza puede hallarse en las ideas, pero no debe hallarse en el razonamiento.
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Al educar a un niño se debe pensar en su vejez.
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Hay versos que, por su carácter, parecen formar parte del reino mineral; son dúctiles y resplandecientes. Otros, pertenecen al reino vegetal; tienen savia. Los últimos, finalmente, pertenecen al reino animal; tienen vida. Los más bellos son los que tienen alma; éstos pertenecen a los tres reinos, pero aún más a la Musa.
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Antes de utilizar una bella palabra, hacedle sitio.
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Cuando mis amigos son tuertos, los miro de perfil.
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El fin de las disputas y polémicas no debe ser la victoria, sino el perfeccionamiento.
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El mayor defecto de los libros nuevos es que nos impiden leer los libros viejos.
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Hay un derecho del más sabio, pero no del más fuerte.
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La justicia es la verdad en acción.
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La prudencia es la fuerza de los débiles.
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La música, en los momentos de peligro, eleva los sentimientos.
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Toda nuestra vida la empleamos en ocuparnos de los demás; una mitad para amarlos y la otra mitad para hablar mal de ellos.
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Una máxima es la expresión exacta y noble de una verdad importante e incontestable. Las buenas máximas son los gérmenes de todo bien; fuertemente gravadas en la memoria, nutren la voluntad.
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Todo se aprende, hasta la virtud.
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Yo tengo muy reducida esa parte de la cabeza destinada a recibir las cosas que no están claras.
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Cuando se ama, el corazón es el que juzga.
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Es preciso hacerse querer, porque los hombres no son justos sino con aquellos a quienes aman
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Para vivir basta un poco de vida, para hacer algo de provecho se necesita mucho más
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En la composición de la dicha entra la idea de haberla merecido
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Sin el dogma, la moral no es otra cosa que un conjunto de máximas y sentencias; con el dogma, conviértese en mandamiento, obligación y necesidad
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Es preciso que los hombres sean esclavos del deber. De lo contrario, serán esclavos de la fuerza
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Prefiero a los que hacen el vicio amable, a los que degradan la virtud
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En el hombre no hay de bueno más que sus sentimientos jóvenes y sus pensamientos viejos
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La justicia sin la fuerza y la fuerza sin la justicia constituyen dos grandes desgracias
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Los cambios súbitos de fortuna tienen un gran inconveniente: los enriquecidos no han aprendido a ser ricos, ni los arruinados a ser pobres.
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La poesía es útil sólo para los placeres del alma.
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La elocuencia debe venir de la emoción, pues toda emoción la da naturalmente.
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La crítica enturbia el gusto, envenena los sabores.
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La verdadera profundidad viene de las ideas concentradas.
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La mediocridad es excelente en los ojos de los mediocres.
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Para escribir bien es necesario tiempo y disposición.
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Cuando se sobrepasa lo sublime se cae en la extravagancia.
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No puede hallarse poesía en ningún lado cuando no se lleva dentro.
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Sólo buscando las palabras se encuentran los pensamientos.
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El final de una obra debe hacer recordar siempre el comienzo.
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La alta filosofía nos enseña a no ser demasiado filósofos.
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Los griegos aspiraban a la gloria; los romanos a la elocuencia.
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Una obra no sólo tiene que ser buena, sino estar hecha por un buen autor.
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¡Cuánta gente, en literatura, tiene el oído justo y el canto destemplado!
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Hay hombres que tienen el genio en el cuerpo; otros lo tienen en el alma.
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La más perniciosa de las locuras es la que se parece a la sabiduría.
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Hay en la lengua francesa palabras con las que nadie sabe qué hacer.
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Una obra de arte no debe tener el aspecto de una realidad, sino de una idea.
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La fuerza no es la energía. Ciertos autores tienen más músculos que talento.
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En los gustos y en los juicios literarios la moda siempre tiene algo que ver.
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Hay en el arte muchos encantos que sólo a fuerza de arte se vuelven naturales.
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Para escribir bien se necesita una facilidad natural y una dificultad adquirida.
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Escribiendo demasiado arruinamos nuestro espíritu; no escribiendo, lo oxidamos.
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La lira es, de alguna manera, un instrumento alado.
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La ignorancia, que en moral atenúa la falta, es en literatura una falta capital.
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Ni tan justo ni tan apretado, tanto en nuestras obras como en nuestras costumbres.
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Las palabras son como el vidrio; oscurecen todo aquello que no ayudan a ver mejor.
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El juicio es una facultad fría y fuerte; el ingenio, una facultad delicada y viva.
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Algunas palabras dignas de memoria pueden bastar para ilustrar una gran sensibilidad.
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Ocurre lo mismo con ciertos fragmentos luego de haber leído los libros completos.
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Mucha grasa en el espíritu y mucha flaqueza en el estilo es el carácter de este siglo.
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Cuando se escribe con facilidad siempre se cree contar con más talento del que se tiene.
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En unos, el estilo nace de los pensamientos; en otros, los pensamientos nacen del estilo.
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Lo que llamamos armonía en el estilo depende más del semblante de las palabras que de su sonido.
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El ingenio no debe ser más exigente que el gusto, ni el juicio más severo que la conciencia.
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La naturaleza bien ordenada, contemplada por un hombre bien ordenado; he ahí lo poéticamente bello.
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En literatura, el gusto, las reglas, el género, la belleza, son invariables por esencia, como la moral.
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La admiración es un alivio para la atención, un término que ésta se prescribe para su placer y reposo.
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No basta el gusto para apreciar bien las obras de arte; es necesario el juicio, y un juicio ejercitado.
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Las cosas que demandan más atención de la que uno les otorga comúnmente cuando las dice deben ser escritas.
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Si no hay arrebato, si no hay hechizo, o, mejor, si no hay cierto embelesamiento, no es posible hablar de genio.
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Todos nuestros instantes de luz son instantes de dicha. Cuando hay claridad en nuestro espíritu, hace buen tiempo.
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Los buenos libros filosóficos son los que exponen con claridad lo que es oscuro en el mundo, y para todo el mundo.
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Quienes nunca piensan más allá de lo que dicen y nunca ven más allá de lo que piensan tienen un estilo muy decidido.
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No es tanto el sonido como el sentido de las palabras lo que mantiene en suspenso la pluma de los buenos escritores.
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Las mentes abiertas aguardan lo que un autor quiere decirles y lo que ellas deben pensar; nunca se precipitan demasiado.
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Los libros que uno se propone releer en la edad madura son muy semejantes a los lugares en donde uno quisiera envejecer.
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Hay que enseñar al espíritu a moverse también entre vaguedades; el mundo moral y el mundo intelectual están repletos de éstas.
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Burdos intelectos, provistos de órganos robustos, han entrado de golpe en la literatura, ¡Y son ellos los que pesan las flores!
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El pulido y el acabado son al estilo lo que el barniz a los cuadros; los conserva, los hace durar, de alguna manera los eterniza.
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La manera es al método lo que la hipocresía a la virtud; pero es una hipocresía de buena fe; quien la posee, se deja engañar por ella.
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Sin las alusiones a la Biblia, ya no habría en los buenos libros escritos en nuestra lengua nada de ingenuo, de familiar, de popular.
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Hay rudeza en los latinos. La moderación, una moderación noble y de buen gusto, distingue a los griegos y, sobre todo, a los atenienses.
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Sólo se debe emplear en un libro la dosis de ingenio que se requiere, pero en la conversación se puede emplear más de la que se requiere.
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Ciertos escritores se crean noches artificiales para dar un aspecto de profundidad a su superficie y más relumbre a sus luces mortecinas.
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Son pocos los libros que pueden gustarnos toda la vida. Hay algunos de los que nos cansamos con el tiempo, con el saber y con la sensatez.
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Hay que tratar a las lenguas como a los campos; para volverlas fecundas, cuando ya no son nuevas, hay que removerlas desde lo más profundo.
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Entre la estima y el desprecio hay, en literatura, un intervalo y un camino bordeado de éxito sin gloria que se obtiene también sin mérito.
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Los antiguos decían que un discurso adornado no tenía costumbres, es decir, que no expresaba el carácter y las inclinaciones de quien hablaba.
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La elocuencia de corto alcance es naturalmente la del pueblo y la de los niños, y admite expresiones ricas, más ricas incluso que la otra.
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Que las palabras se separen bien del papel: es decir, que se fijen fácilmente en la atención, en la memoria, que sean fáciles de citar y desplazar.
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Lo que es dudoso o mediocre necesita del consenso para agradar a su autor; pero lo que es perfecto lleva en sí la convicción de su belleza, de su mérito.
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Lo que acarrea todos los males a nuestra literatura se halla en que nuestros sabios tienen poco ingenio y nuestros hombres de ingenio no son sabios.
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Un libro ordinario no debe contener más que un tema; pero un buen libro debe contener un germen que se vaya desarrollando por sí mismo como una planta.
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Entre el espíritu y el alma está la imaginación, que participa del uno y de la otra. Entre el espíritu y la imaginación está el juicio, está el gusto.
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Cuando comprendemos otras lenguas nada nos es más agradable que leer las traducciones. Estas alivian y ejercitan al mismo tiempo, ya que podemos comparar.
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Todos los escritores que poseen eso que llamamos originalidad corrompen el gusto del público, a no ser que éste sepa por sí mismo que no se les debe imitar.
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Los libros, los pensamientos y el estilo moderado causan al espíritu el mismo buen efecto que un rostro tranquilo causa a nuestros ojos y a nuestros humores.
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Todas las formas de estilo son buenas, con tal de que sean empleadas con gusto; existe una gran cantidad de expresiones que en unos son defectos y en otros son virtudes.
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Lo importante, en la elocuencia y en las artes, no está en lo que decimos, sino en lo que dejamos oír; no está en lo que pintamos, sino en lo que dejamos imaginar.
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En el lenguaje ordinario, las palabras sirven para nombrar las cosas, pero cuando el lenguaje es realmente poético, las cosas sirven para nombrar las palabras.
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Hay armonía en el espíritu siempre que hay exactitud en las expresiones. Ahora bien, cuando el espíritu está satisfecho, pone poca atención a lo que el oído desea.
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Contraemos malos hábitos tanto para el estilo como para la escritura. Un espíritu demasiado tenso, un dedo demasiado contraído, perjudican la facilidad, la gracia, la belleza.
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El estilo declamatorio tiene a menudo los inconvenientes de esas óperas en las cuales la música impide escuchar las palabras: en él las palabras impiden ver los pensamientos.
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Incluso para el éxito momentáneo no basta con que una obra sea escrita con los atractivos propios del tema: tiene también que ser escrita con los atractivos propios del lector.
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¡Afortunados, en literatura, los que vienen después de los peores! ¡Desafortunados los que vienen después de los excelentes! En la vida y en el mundo ocurre todo lo contrario.
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Hay en la perfección de una obra algo que está ligado a la perfección del instrumento o del lenguaje; y en la fuerza de un gran talento hay algo de absolutamente independiente.
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Es de esa clase de inteligencia parecida a los espejos convexos o cóncavos, que representan los objetos tal y como los reciben, pero que nunca los reciben tal y como son.
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El gusto aumenta la memoria; existe la memoria del gusto: nos acordamos de lo que nos ha gustado. Existe también la de la imaginación: nos acordamos de lo que nos ha encantado.
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Hay muchos escritos en los que no queda -como el espectáculo que ofrece un riachuelo bañando de agua clara los pequeños guijarros- sino el recuerdo de las palabras que se escaparon.
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Las cosas literarias pertenecen al mundo intelectual; hablar de éstas con pasión va en contra de la conveniencia, de las proporciones, de la buena disposición y de la sensatez.
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Las ideas cumplen la función de la luz y participan de su naturaleza, pero el razonamiento es como un bastón que realiza una especie de tanteo allí donde debe hallarse algo muy palpable.
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Debemos reconocer como maestros de las palabras tanto a los que saben abusar como a los que saben hacer buen uso de ellas, mas éstos son los reyes de la lengua y aquéllos los tiranos.
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Hay cosas que sólo podemos decir por escrito, que sólo podemos saberlas bien cuando pensamos en escribirlas, pero que sólo podemos pensar en escribirlas cuando las sabemos por adelantado.
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Siempre estamos pidiendo nuevos libros, pero en ésos que poseemos desde hace mucho tiempo hay inestimables tesoros de ciencia y de entretenimiento que desconocemos porque hemos decidido privarnos de ellos.
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Si usted quiere que sus lectores se vuelvan locos por la heroína de una novela, cuídese de darle rasgos fijos, a fin de que cada cual pueda imaginarla según su fantasía y como más le guste.
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No deseamos que los libros nos vuelvan mejores, sino más felices que aquellos que los hicieron; que tengan carne y sangre, ingenio y alma. Odiamos -o, cuando menos, ya no sabríamos admirar- los talentos puros.
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En la epopeya hay que mostrar, hasta en los rasgos del personaje, el destino que le aguarda, como se prevé el sacrificio hasta en el arreglo de las flores que servirán de corona a las víctimas.
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La poesía a la que Sócrates decía que los dioses le habían aconsejado consagrarse debe ser cultivada en cautiverio, en las enfermedades y en la vejez. Es ésta la que deleita a los moribundos.
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Si no se tiene cierta condescendencia y cierto respeto por el autor, la mitad de un libro serio impacienta siempre cuando es nuevo y dice cosas nuevas; no oímos nada de lo que nunca hubiéramos pensado.
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En moral, para alcanzar el centro hay que aspirar al hecho. En literatura, por el contrario, para alcanzar fácilmente el hecho sólo se debe aspirar al centro: cualquier esfuerzo en la subida gasta las fuerzas.
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Un teólogo sólido, un sólido metafísico. Me gustaría oír decir: un sólido poeta. Tener muchas ideas no significa nada, lo importante es tener ideas sólidas, es decir, que éstas tengan la fortaleza de una gran verdad.
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Una blandura que no enternece, una energía que no fortalece nada, una concisión que no dibuja ningún tipo de rasgos, un estilo del cual no emanan ni sentimientos ni imágenes ni pensamientos no posee ningún mérito.
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Cuando en vez de sustituir las imágenes por las ideas, sustituimos las ideas por las imágenes, embrollamos el tema, oscurecemos su materia, volvemos menos clarividente el espíritu de los otros y también el nuestro.
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Hay pensamientos que no necesitan cuerpo, forma, espejo, expresión, etcétera. Para mostrarlos o para que se escuchen, basta con nombrarlos vagamente o con susurrarlos. Desde la primera palabra los escuchamos, los vemos.
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El ritmo se produce por cadencias, como la armonía por sonidos. Eran cadencias y no sonidos, ritmos y no armonía, lo que los acentos y la medida de las sílabas largas o breves producían en las lenguas de los griegos y latinos.
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La danza debe dar la idea de una ligereza y una soltura incorpóreas, por así decirlo. El efecto de las bellas artes tiene como único mérito lo que todas éstas deben tener como fin, el de hacer imaginar almas por medio de cuerpos.
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Los poetas son más inspirados por las imágenes que por la misma presencia de los objetos. Es así como la idea de perfección es más necesaria a los hombres que los modelos; esto es aplicable tanto a las costumbres como a las artes.
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Busque, dicen ellos. Yo busco mucho la expresión justa, la expresión sencilla, la expresión que conviene más al tema en cuestión, al pensamiento que se tiene, al sentimiento que anima, a lo que precede, a lo que sigue, al sitio que aguarda la palabra.
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Cuando las palabras están bien escogidas son abreviaciones de frases; las palabras son los cuerpos y el vínculo exterior de los pensamientos. Las palabras son sitios transparentes y los únicos espejos en los que pueden ser visibles nuestros pensamientos.
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Sólo los pensamientos, tomados aisladamente, caracterizan a un escritor. Con razón los llamamos trazos, y los citamos; muestran la cabeza y el rostro, por así decirlo; el resto no muestra más que las manos. Hay fantasmas de autores y fantasmas de obras.
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Los críticos no sabrían distinguir y apreciar ni los diamantes brutos ni el oro en barras; en literatura no conocen sino lo que circula, las monedas; ellos son comerciantes, su crítica tiene balanzas, pesas, pero no tiene ni crisol ni piedra de toque.
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Existen obras donde no hay lo que podría llamarse buena poesía, pero dan la idea de ello, y todo lo que da esta idea seduce al espíritu. Lo mismo puede decirse de muchos cuadros, que dan la idea de ser bellas pinturas sin que lo sean, e incluso de algunos libros.
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El gusto en literatura se ha vuelto tan doméstico y la aprobación tan dependiente del placer que, para empezar, buscamos al autor en un libro, y en el autor, sus pasiones y sus humores; si éstos son parecidos a los nuestros, los apreciamos; si son distintos, los rechazamos.
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Se debe escribir: de la agricultura, con llaneza; del derecho, con sencillez y probidad; de la política, con gravedad; de la moral, con grandeza; y de las cosas espirituales, con sensibilidad; o mejor: escribir de todo lo que es materia con solidez, y de todo lo que es sensible con espíritu.
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De la imposibilidad de razonar fue de donde nacieron las artes, el apólogo, etcétera. Es asimismo de la ineptitud de razonar o del hastío de razonar sin descanso de donde nacen, en las almas vivas, la poesía, la elocuencia, las metáforas, etcétera. He aquí, sin la menor duda, una gran cualidad.
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Cuando las palabras no enseñan nada, es decir, cuando éstas no son más apropiadas que otras para expresar un pensamiento, cuando éstas no tienen ningún vínculo necesario con él, entonces la inteligencia o la memoria no alcanzan a retenerlas, o las retienen con dificultad, porque están obligadas a emplear cierta violencia para unir cosas que tienden a separarse.
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La literatura. A lo que no tenga encanto y cierta serenidad no podremos llamarlo literatura. Incluso en la crítica debe hallarse alguna amenidad; si falta por completo, entonces ya no es literatura. En los periódicos encontramos todo el tiempo esta repelente controversia. Donde no hay ninguna delicadeza no hay literatura.
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Nuestros padres juzgaban los libros a través de su gusto y de su razón. Nosotros los juzgamos a través de las emociones que nos causan. ¿Este libro puede perjudicar o puede servir? ¿Es apropiado para perfeccionar o para corromper el espíritu? ¿Hará el bien o hará el mal? Las grandes preguntas que nuestros antecesores se planteaban. Nosotros preguntamos: ¿Causará placer este libro?
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El espíritu no forma parte de la verdadera poesía; ésta sale por completo del alma; llega con nuestras quimeras y, aunque no lo queramos, la reflexión no la hallará jamás; es un don que el cielo nos ha otorgado. El espíritu, sin embargo, se prepara, ofreciendo al alma los objetos de éste; la reflexión que, de alguna manera, los desentierra, sirve a ello por las mismas razones.
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