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Frases de Juana de Ibarbourou

Frases de Juana de Ibarbourou

Escritora y poeta uruguaya. Muy popular en vida reconocida por el apodo que le otorgaron sus pares como "Juana de América". Su obra es un fiel reflejo de muchas cuestiones que aquejaban a sus contemporáneos en épocas finales del siglo XIX. Fue enterrada con honores y reconocida en varias ocasiones por las autoridades de su país.

La niñez es la etapa en que todos los hombres son creadores.
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Porque ninguna lágrima rescata nunca el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece.
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Me verás reír viéndome sufrir. Y tú llorarás. Y entonces... ¡más mío que nunca serás!
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¿Qué perfume usas? Y riendo le dije: ¡Ninguno, ninguno! Te amo y soy joven, huelo a primavera...
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Amando, se poseen todas las primaveras.
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Llueve, llueve, llueve, y voy, senda adelante, con el alma ligera y la cara radiante, sin sentir, sin soñar, llena de la voluptuosidad de no pensar.
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Crecí para ti. Tálame. Mi acacia implora a tus manos su golpe de gracia.
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Y te di la miel, del panal moreno que finge mi piel.
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No acaricies mis senos. Son de greda los senos que te empeñas en ver como lirios morenos.
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El amor es fragante como un ramo de rosas.
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Tengo sed otra vez, amado mío. Dame tu beso fresco tal como una piedrezuela del río.
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Cierva y can, astro y flor, agua viva que glisa a tus pies, mi alma es para ti, amor.
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Mi vida es de tu vida tributaria, ya te parezca tumulto, o solitaria, como una sola flor desesperada.
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Tu beso fue en mis labios de un dulzor refrescante. Sensación de agua viva y moras negras me dio tu boca amante.
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Lo quiero con la sangre, con el hueso, con el ojo que mira y el aliento, con la frente que inclina el pensamiento, con este corazón caliente y preso, y con el sueño fatalmente obseso de este amor que me copa el sentimiento.
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¡No pretendas ahora que ría! ¡Tú no sabes en qué hondos recuerdos estoy abstraída!
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Que no sienten vergüenza del sexo sin celajes y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.
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Amémonos. La noche clara, aromosa y mística tiene no sé qué suave dulzura cabalística. Somos grandes y solos sobre el haz de los campos y se aman las luciérnagas entre nuestros cabellos, con estremecimientos breves como destellos de vagas esmeraldas y extraños crisolampos.
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¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos, ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos. Si brilla en mis ojos la humedad del llanto, es por el esfuerzo de reírme tanto...
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Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca y se vuelva mustia la corola fresca. Hoy, y no mañana. Oh amante, ¿no ves que la enredadera crecerá ciprés?
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Espera, no te duermas. Esta noche somos acaso la raíz suprema de donde debe germinar mañana el tronco bello de una raza nueva.
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Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado una pequeña llama de dulzura infinita para tus largas noches de amante desolado.
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¡Oh, déjame que guste el dulzor del momento fugitivo e inquieto! ¡Oh, deja que la rosa desnuda de mi boca se te oprima a los labios!
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¿Me amarás? Murmuraste. Lenta y grave vibró en mis labios la promesa suave de la dulce, la amable moabita. Y fue como un ¡amén! En ese instante el toque de oración que alzó vibrante la rítmica campana de la ermita.
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